Ánimo, soy yo, no tengan miedo


Queridos hermanos de Santa Bárbara,

El Señor nos hace reflexionar esta semana sobre su presencia y cercanía en nuestra vida diaria. A Moisés le habló Dios en el Sinaí entre truenos y temblor. A Elías le habla ya no desde el viento huracanado, sino en leve susurro, a modo de la suave brisa que le hacía presente en el paraíso. Elías se cubre el rostro porque ningún hombre puede ver a Dios y seguir vivo, pero experimenta la dulce presencia del Señor.

Cuántas veces en nuestra vida hemos de aguardar al Señor en el monte o en la llanura? El saber esperarle con paciencia sin que el ánimo decaiga, y tener fe en el Señor que va a pasar y se nos va a hacer cercano y presente es importante para vivir en cristiano.

El Señor quiere que nos embarquemos en la vida esperando en el alma en que El se hará presente de las maneras más diversas pero siempre oportunas, y que avancemos hacia la otra orilla. Que sepamos aguantar las tormentas de la vida, los desconciertos, los vaivenes de la tentación, el naufragio de la fe, las olas de la desconfianza.... Debemos tener la certeza de que no estamos solos. Porque siempre Jesús viene a nuestro encuentro.

Nuestro camino por la vida puede ser muchas veces un camino inestable, lleno de retos, desdichas, complicaciones, enfermedades, soledades... ¡Cuántas veces nos hundimos! El miedo es compañero de viaje, porque dudamos, porque tenemos poca fe. Pero Dios viene a nuestro encuentro, nos devuelve al camino, nos da paz y consuelo y nos suelta de nuevo en la vida con más herramientas para que siempre le encontremos y le conozcamos tanto en la tormenta como en la calma, en la tranquilidad, en la paz, en la dulce simplicidad.

El evangelio de este domingo nos dice, al igual que en las apariciones pascuales; “Ánimo, soy yo, no tengan miedo”. La ayuda misericordiosa y la presencia de Cristo resucitado son indispensables cuando vivimos momentos de crisis. La mano que extiende Jesús a Pedro no sólo es su salvación, sino la nuestra.

En nuestro largo caminar por esta vida, no debemos perder de vista nuestro destino final: nuestro encuentro definitivo con Dios. El tener claro a donde queremos llegar, nos ayuda a no desviarnos del camino y a no desesperarnos creyendo que caminamos solos por este mundo, cuando la realidad es que nunca el Señor nos pierde de vista. Ese debe ser nuestro motor que nos impulse a seguir por el camino recto, viviendo al máximo las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad.

Con mi bendición paternal,

Padre Alvaro Huertas

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