Amarás al Señor tu Dios, y a tu prójimo como a ti mismo



Queridos hermanos de Santa Bárbara,

En el evangelio de San Mateo encontramos que los fariseos, para probar a Jesús y probarles a los saduceos que esta vez sí iban a lograr hacerle caer, le preguntan: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la ley?” Y Jesús responde: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente”.


Jesús nos enseña también a nosotros cómo Amar a Dios, al Dios que El mismo nos revela: que es Padre misericordioso, fiel y justo, que libera a los cautivos, abre los ojos al ciego, endereza a los que ya se doblan, ama a los que lo aman… Ese es el primer mandamiento de la ley de Dios.


Igualmente, equipara el primer mandamiento con el segundo: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se fundan toda la ley y los profetas”. Amar a Dios es amar al prójimo y procurar que se cumpla lo que Dios quiere para sus criaturas: que se haga justicia a los oprimidos, protejamos a los desamparados, consolemos a los sufrientes, ayudemos a los desvalidos, alimentemos a los ambrientos… que amemos a las personas que tenemos cerca, pero también a cualquier otra persona que se cruza con nosotros en el camino.


Jesús nos enseña también a nosotros cómo Amar a Dios, al Dios que El mismo nos revela: que es Padre misericordioso, fiel y justo, que libera a los cautivos,

Debemos derrochar con los demás respeto, estima y bondad: esa debe ser también la medida del amor que debemos a Dios. Y esa dimensión generosa de nuestra existencia ha de ser incondicional, sin limitaciones ni fronteras, encontrando permanentemente en los demás el rostro amigable y paternal de Dios.


En la primera lectura, tomada del Exodo, ya se nos anticipaba lo que es amar al prójimo: Un corazón justo, honesto y generoso, ama al prójimo y es delicado con los bienes de los demás, cuida de los inmigrantes, las viudas y los huérfanos. Es así, con ese mismo criterio, que San Pablo se pone de ejemplo en la Carta a los Tesalonicenses.


Esta es la centralidad de nuestra fe y nuestra identidad cristiana, que nos hace diferentes. Amamos a nuestros enemigos, respetamos y acogemos al diferente, nos volcamos en el bienestar de nuestros hermanos, porque en todos ellos encontramos al Señor

Hermanos, quien acoge, escucha y abraza a un ser humano, a quien acoge, escucha y abraza es al mismo Dios. Esta es la centralidad de nuestra fe y nuestra identidad cristiana, que nos hace diferentes. Amamos a nuestros enemigos, respetamos y acogemos al diferente, nos volcamos en el bienestar de nuestros hermanos, porque en todos ellos encontramos al Señor. Es Dios mismo con quien nos relacionamos y a quien predicamos con nuestro comportamiento.


Que la paz que Nuestro Señor Jesucristo nos ofrece, nunca falte en sus hogares.


Padre Alvaro Huertas

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