El tesoro de la sabiduría


Querida comunidad de Santa Bárbara,


Este domingo meditamos sobre la Sabiduría. Según la Biblia, Dios es la fuente primordial de toda sabiduría, pues sus enseñanzas “son la fuente de la sabiduría, y ella nos enseña a obedecer sus mandamientos eternos”. (Eclesiástico, I: 5). Alcanzar la verdadera sabiduría ha sido y es un empeño constante de todo hombre y del creyente auténtico. Salomón es prototipo perfecto de hombre sabio y de monarca que al comienzo de su reinado pidió a Dios el discernimiento para escuchar y gobernar.

La fama de Salomón creció de tal modo que todos deseaban aproximarse a él para comprobar la sabiduría que Dios había puesto en su corazón, dándole autoridad en temas sociales, en problemas políticos y en el vasto campo filosófico y teológico.

La sabiduría es discernimiento en el juicio, distinción clara entre lo bueno y lo malo. En un mundo como el de hoy, con tantas confusiones ideológicas y de criterios, se hace urgente y casi imprescindible alcanzar la recta sabiduría, que nos guíe por nuestro camino de la vida hacia el mismo Dios. La sabiduría es fruto de las enseñanzas del evangelio y vuelve dócil e inteligente al corazón. Así cuando el creyente alcanza madurez humana y talla espiritual, obtiene libertad de decisión e inteligencia crítica para descubrir valores y desaciertos.

Las dos primeras parábolas del evangelio sobre el tesoro escondido y la perla del gran valor hacen referencia a lo que en la opinión popular se considera como más deseable y precioso; para conseguirlo se deben sacrificar todas las otras cosas con prontitud y habilidad financiera.

Descubrir un fabuloso tesoro escondido es encontrar el Reino de Dios, que nos es ofrecido como ocasión única. Para no perderla, si es necesario, se deben empeñar todos los medios y posibilidades que están a nuestra disposición. La sabiduría que nos propone Jesús es ser capaces de anteponer el nuevo tesoro descubierto desde la fe, que supera todo bien efímero y hace superfluo lo restante.


El esfuerzo que hacemos al elegir a Dios sobre nuestros gustos y apegos no defrauda y comunica una gran alegría. Optar por el Reino de Dios exige inteligencia y sabiduría, e implica tener la simplicidad de la paloma y la astucia de la serpiente. Los verdaderos sabios son los que ponen todo su esfuerzo en deshacerse de las cosas de este mundo que no agradan a Dios y que nos alejan de su reino.


Con mi bendición paternal,


Padre Alvaro Huertas

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