Estará sentado a la derecha de Dios.



Queridos hermanos de la comunidad,

Hoy, contemplamos los momentos finales del del paso de Dios por nuestra tierra: sus manos que bendicen y sus huellas sobre un montículo, que se representa también como una roca, como aludiendo a aquella piedra que Él anunció y que pronto será sellada por el viento y el fuego de Pentecostés.

San León Magno nos ayuda a profundizar en el suceso: «Lo que era visible en nuestro Salvador ha pasado ahora a sus misterios», que ha confiado a su Iglesia. El gesto de bendición se despliega en la liturgia, las huellas sobre tierra marcan el camino de los sacramentos. Y es un camino que conduce a la plenitud del definitivo encuentro con Dios.

Los Apóstoles han tenido sólo cuarenta días para habituarse a la nueva relación con el Maestro, en los que el Señor resucitado no “se aparece”, sino que “se deja ver”. Días de intensas experiencias por sus apariciones entre ellos, apariciones en las que sólo Jesús les habla para aclararlo todo, relacionando esos momentos con sus ense-ñanzas, acciones y milagros de cuando caminaba y obraba entre ellos.

Y ellos se quedan “mirando al cielo”. Hasta Pentecostés no serán capaces de asumir el reto en su plenitud. Esta misión la asumirán con la fuerza del Espíritu Santo como enviados en nombre de Cristo, muerto y resucitado e irán anunciando la salvación y el perdón de los pecados y llamando a la conversión. Esa es también la misión y la base fundacional de la Iglesia.

La ascensión de Jesús a los cielos es un motivo de gran alegría. Al subir al cielo, Jesús abre un espacio junto a Dios para los hombres. La liturgia de la Iglesia nos va preparando durante el tiempo pascual, con la lectura y meditación de la “oración sacerdotal de Jesús” en la última cena. En ese diálogo con el Padre en favor de “los suyos que quedan en el mundo”, y en las recomendaciones a “los suyos” que son sus discípulos, Jesús está fundando la Iglesia. Les enseña la relación con el Padre, ese encuentro sin el cual no hay fraternidad, no hay comunión y no existe la Iglesia. Jesús es uno con el Padre: Así, y no de otra manera, es la Iglesia, el Cuerpo de Cristo resucitado, que ahora y para siempre, vive en el Padre.

Las lecturas de hoy nos guían a través del Misterio de la Ascensión: en los Hechos de los Apóstoles, san Lucas nos describe la partida del Señor hacia el cielo. En el evangelio, Mateo nos refiere los términos de la misión confiada por Jesús a sus Apóstoles después de su última manifestación (Mateo 18, 16-20). Siguiendo a San Pablo, nos adentramos más allá de la nube y contemplamos a Cristo “sentado a la derecha de Dios en los cielos”, como Cabeza de su Iglesia, Pastor, Rey y guía de la humanidad, Señor del universo y fuente de vida para cuantos creen en El. Finalmente, es San Pablo, en su carta a los Efesios, quien nos hace entrar en el misterio de la glorificación del Resucitado “a la diestra de Dios Padre”. Celebremos esta fiesta de Cristo y de su Iglesia llenos del fervor y la alegría del Espíritu, “que ya ha sido derramado en nuestros corazones”.

Con mi bendición paternal,

Padre Alvaro Huertas

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