Humildad para acoger el don de la salvación



Queridos hermanos,


La liturgia dominical nos lleva a reflexionar sobre la parábola de los dos hijos enviados por el padre a trabajar en su viña. De estos, el primero rechaza al padre con una negativa tajante, sin explicación alguna. Sin embargo, más tarde reflexiona y arrepintiéndose, cumple el deseo de su padre y va a trabajar a la viña. El otro, en cambio, atiende amablemente la petición de su padre, le dice inmediatamente que sí, pero después no va. Parece dispuesto a cumplir sus deseos, pero pronto se olvida de lo que ha dicho.

Y Cristo pregunta a sus oyentes: “Cuál de los dos hizo lo que quería el padre?”. La respuesta era obvia: el primero. Sus obras lo demostraron.

La actitud final de estos dos hijos es determinante. El primero responde sin cortesía y hasta con alevosía: ¡No quiero! En cambio, el otro, con palabras muy atentas y comedidas, dignas incluso de un caballero, le contesta: “Voy, señor”. Pero paradójicamente, el hijo rebelde y “rezongón” se arrepiente y va a trabajar, y el cortés no va. Después de la comparación, el Señor dirige unas palabras muy duras a los sumos sacerdotes y jefes del pueblo que le oían, porque en la Parábola de los Dos Hijos, los líderes de Israel son el segundo hijo que se mostró obediente, pero no hizo la voluntad del padre.

Lo que verdaderamente importa para nuestra salvación es que lo que decimos debe ser coherente con lo que hacemos. Las promesas resultan vacías si no son acompañadas por hechos.

Grandes pecadores, al igual que el primer hijo, al final se han arrepentido y han hecho la voluntad del Padre: creyeron en Cristo y se convirtieron ante su predicación.

Lo que verdaderamente importa para nuestra salvación es que lo que decimos debe ser coherente con lo que hacemos. Las promesas resultan vacías si no son acompañadas por hechos. Por eso, nuestro Señor nos dijo un día que “no todo el que me dice ¡Señor, Señor! se salvará, sino el que hace la voluntad de mi Padre del cielo”. Palabras muy sencillas y concretas, pero muy claras y exigentes.

Con esta parábola Jesús reafirma su predilección por los pecadores que se convierten, y nos enseña que se requiere humildad para acoger el don de la salvación.»

Con mi bendición paternal,

Padre Alvaro Huertas

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