Los últimos serán los primeros



Queridos hermanos,

En la parábola que meditamos este domingo, el personaje central es el dueño de la viña, que representa a Dios y los jornaleros invitados a trabajar en su viña a distintas horas, que somostodos nosotros. Esta parábola es aplicable a todos los tiempos y a todo grupo de personas: niños, jóvenes, adultos, y hasta personas que se han convertido al final de su vida.


"la gracia de Dios siempre es un favor inmerecido y no depende de las obras del hombre".

Dios no nos paga según nuestros méritos, sino por su generosidad. Llama la atención que el dueño comience por los últimos para pagarles su jornal. Los primeros y los últimos son igualados en el pago y esto fue lo que provocó la controversia. Jesús contó la historia en ese orden precisamente para que el corazón del hombre despertara y meditara en ello. Los primeros trabajadores se quejan al dueño porque los ha igualado a los que apenas han trabajado sólo una hora. Según nuestra lógica humana, los últimos no merecerían la misma paga que los primeros, pero la gracia de Dios siempre es un favor inmerecido y no depende de las obras del hombre. El dueño de la viña les explica que la retribución no está basada en su mérito personal sino en su generosidad, y tiene la libertad de dar a cada uno lo que crea conveniente. “¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?” ¡Ah, la envidia! Eso es lo que motiva la protesta de los primeros. Ellos no se quejan para lograr recibir más dinero, sino por envidia a quienes llegaron al final de la jornada laboral.


Lo importante no es la cantidad de trabajo que se hace, sino la posibilidad misma de trabajar, de vivir totalmente entregados a Dios.

Preguntémonos: si los últimos también recibirán la misma paga que los primeros, ¿No es mejor vivir la vida disfrutando descomplicadamente y arrepentirnos en los últimos días de la vida? ¿Acaso aquellos que han encontrado a Cristo cuando están a punto de morir, han logrado un mejor trato? Lo importante no es la cantidad de trabajo que se hace, sino la posibilidad misma de trabajar, de vivir totalmente entregados a Dios. La auténtica recompensa no es el denario, el jornal; el verdadero don de Dios es poder seguirlo, poder estar trabajando para él, sirviéndole al servir a los hermanos. Los primeros jornaleros han tenido la enorme ventaja de haber conocido antes a Dios, de poder dirigir su vida por un camino de plenitud, de autenticidad, de alegría. Los demás han tenido que esperar, han estado ociosos en la plaza o vagabundeando con su vida a cuestas hasta encontrarse finalmente con el Señor de la vida.


Demos gracias al Señor, por el privilegio de ser llamados a trabajar para el Señor cuando El lo quiera.

Padre Alvaro Huertas

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