Negarse a si mismo para encontrar a Cristo



Queridos hermanos,

Esta semana el profeta Jeremías nos hace reflexionar sobre la fuerte llamada que Dios nos hace al corazón. El sentía ese fuego ardiente que le quemaba por dentro, del que no podía escapar: la llama del amor a Dios. La fe de nosotros los cristianos, profundamente interior, no se reduce a signos exteriores como objetos, ritos o leyes. Somos santificados por la acción del Espíritu Santo, que actúa directamente en nuestro corazón. A todos nosotros, como a Jeremías, Dios nos seduce con su amor. Ese amor profundo es el que nos anima a negarnos a nosotros mismos, cargar con nuestra cruz y seguirle.


Cargar con la cruz no es otra cosa que negarse a sí mismo, saber renunciar y perder. Cristo sugiere un “perder” especial, para saber encontrar. Pero nunca el dolor cristiano es desesperación, pues el yugo del Señor es siempre llevadero y su carga ligera.

Ciertamente el camino del profeta y del discípulo es el camino de la cruz, que pasa por sufrimientos, oscuridades, abandonos, silencios... Cargar con la cruz no es otra cosa que negarse a sí mismo, saber renunciar y perder. Cristo sugiere un “perder” especial, para saber encontrar. Pero nunca el dolor cristiano es desesperación, pues el yugo del Señor es siempre llevadero y su carga ligera.

Al comienzo del evangelio de este domingo encontramos la vehemente reacción del apóstol Pedro ante el anuncio de la pasión del Señor: “¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte”. Reacción comprensible, cargada de amor hacia el Maestro, pero que no comprende los designios de Dios. “¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!”. Cuántas veces no sabemos aceptar y comprender los caminos por los que nos lleva nuestro Señor, y a pesar de nuestra fe, nos desconcertamos y reaccionamos con enojo y frustración: “Eso no puede pasarme…!” Pensamos como los hombres.

No es fácil subir a Jerusalén, para padecer allí mucho y consumar la obra redentora. El anuncio de la tragedia del Viernes Santo nunca es oportuno ni agradable. Cargar con la cruz no es un eslogan de gran atractivo publicitario, aunque nos hace conocer y experimentar que la cruz es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.

Pero como siempre pasa en las buenas historias, el final es un final feliz. Jesús nos recuerda que cada uno de nosotros recibirá en recompensa lo que merecen nuestras obras. Es una mirada luminosa a la Pascua y al Cristo glorioso.

Que el Señor les bendiga,

Padre Alvaro Huertas

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