Preparémonos para el encuentro con el señor



Queridos hermanos de Santa Bárbara,

Ya estamos llegando a las últimas semanas del año litúrgico y la Iglesia quiere que meditemos sobre la venida de Cristo al final de los tiempos. En esta venida, Jesús aparecerá como Rey y como Juez, pero hoy se nos presenta como el Esposo.


Jesús es el Esposo. Este título nos deja ver la relación de profunda intimidad que Cristo establece con la Iglesia, su Esposa, y en ella con cada uno de nosotros. Para explicar esto, Jesús nos cuenta que diez muchachas estaban invitadas a una fiesta de bodas, símbolo del reino de los cielos y de la vida eterna. De aquellas diez muchachas, cinco entran en la fiesta, porque, a la llegada del esposo, tienen aceite para encender sus lámparas; mientras que las otras cinco se quedan fuera, porque, necias, no han llevado aceite.


Quien cree en Dios-Amor tiene esperanza. Y ésta es como una lámpara encendida que ilumina el camino al atravesar la noche de la muerte y llegar a la gran fiesta de la vida.

Este «aceite», indispensable para ser admitidas al banquete nupcial y es un símbolo del amor, que no se puede comprar, sino que se recibe como don y se conserva en lo más íntimo de nuestra alma. Las prudentes estaban esperando al Esposo en una espera amorosa, con ese gran deseo que brota del amor. El que espera de verdad, prepara la lámpara y sale al encuentro.


Ese amor se concreta en las obras. Aprovechar la vida mortal para realizar obras de misericordia es verdadera sabiduría, porque, después de la muerte, eso ya no será posible. Quien cree en Dios-Amor tiene esperanza. Y ésta es como una lámpara encendida que ilumina el camino al atravesar la noche de la muerte y llegar a la gran fiesta de la vida.


El final de cada persona dependerá del camino recorrido en la vida (prudente o necio). La parábola es una seria llamada de atención mediante la cual Jesús nos previene acerca de nuestro fin último: “Velad, porque no sabéis ni el día ni la hora”

Cristo viene a nuestro encuentro y debemos estar preparados. Lejos de temer este encuentro, lo deberíamos desear como la esposa desea la vuelta del marido que marchó de viaje. Los cristianos no nos entristecemos por la muerte porque vivimos con la esperanza de que experimentaremos la dicha de estar siempre con el Señor. Y será El quien venga a nuestro encuentro desde el cielo.


Es bueno reflexionar sobre el fin de nuestra existencia. No podemos tomar tan ligeramente nuestra vida eterna. El final de cada persona dependerá del camino recorrido en la vida (prudente o necio). La parábola es una seria llamada de atención mediante la cual Jesús nos previene acerca de nuestro fin último: “Velad, porque no sabéis ni el día ni la hora”. Cualquier momento puede ser el último para cualquiera de nosotros.


Pidamos a Maria que nos enseñe la verdadera sabiduría, porque ella es “vida, dulzura y esperanza nuestra”. Aprendamos de ella a vivir y morir en la esperanza que no defrauda.

Con mi bendición paternal,

Padre Alvaro Huertas

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