Ciudadanos con sentido cristiano


Queridos hermanos de Santa Bárbara,


La hospitalidad debe ser la expresión de servicio amoroso, un diálogo, una apertura, una atención hacia quién está necesitado, solo, vagabundo o abandonado.

Estar encerrados en nuestro propio entorno, como si estuviéramos en un refugio que nos libera de la responsabilidad de ver las necesidades de los otros, con nuestras inseguridades y miedos que nos impiden recibir a un desconocido, solo nos trae más encierro y más soledad.

Basándonos en las lecturas de este domingo, debemos aceptar en nuestro interior que hay que acoger y abrirse desinteresadamente a los demás, superando nuestros egoísmos, miedos, comodidades y prácticas insolidarias. El calor humano de la acogida es siempre la base para alcanzar el amor fraterno.

La bella escena descrita en el libro de los Reyes en la primera lectura resalta la delicadeza que la mujer de Sunem dispensa al profeta Eliseo, a quien ella siempre le abrió las puertas de su casa cada vez que el profeta llegaba a su pueblo. En su casa, Eliseo siempre encuentra un hogar a donde llegar, tanto que ella y su anciano esposo le han preparado una habitación pequeña con una cama, una mesa, una silla y una lámpara. Allí el profeta podía retirarse y encontrar el ambiente silencioso para su descanso físico y mental para reemprender su camino misionero. ¡Qué importante es saber acoger sencilla y espontáneamente a los hermanos que están solos, porque trabajan en bien de todos!

Es mejor dar que recibir. La fuente de la alegría está cuando se pasa de una acogida, fruto de la caridad y de la filantropía, a la convicción de que detrás del rostro de toda criatura se esconde el rostro de Cristo. Por eso lo sencillo puede ser importante, y un vaso de agua fresca, por encima de ser una urgente y sencilla necesidad corporal, se puede convertir en una cooperación evangelizadora, digna de la recompensa divina.

Acoger, en el sentido cristiano, puede que nos exija un sacrificio, pero nos hace dignos de Cristo. Siendo generosos, solidarios, y desprendidos, nos convierte en ciudadanos del nuevo mundo que quiere Jesús, y nos hace merecedores de la misericordia del Señor

Servirle al Señor en nuestros hermanos es un privilegio que no debemos rechazar nunca. Es El, quien nos da la oportunidad de servirle a través del más pequeño, el más necesitado, el más vulnerable. Pongamos nuestros dones a los pies del Señor para que el se sirva de nosotros.

Con mi bendición paternal,

Padre Álvaro Huertas

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